
Viernes 1 de mayo de 2009
Por Rémi Sussan / Le Monde
¿Se puede hackear al cerebro?
Observar el funcionamiento del cerebro bajo su aspecto tecnológico es ciertamente el cambio de paradigma más perturbador de estos últimos años: con la cognición, es decir el estudio de los procesos mentales, el espíritu humano ha perdido sus últimos restos de sacralidad.
En la perspectiva de una convergencia de las nuevas tecnologías en lo que se llama las NBIC (neurociencias, biotecnologías, informática y cognición), la cognición es aquella cuya presencia sigue siendo la más misteriosa. Es fácil entender el aspecto tecnológico de las nanotecnologías, de la biotecnología o, por supuesto, de la informática. Pero la cognición, ¿no es acaso algo más abstracto, más fundamental? ¿No nos encontramos en la comarca de la ciencia pura, en rigor de la medicina, mientras que las otras tres designan más bien a nuevas ramas de la ingeniería?
Observar el funcionamiento del cerebro bajo su aspecto tecnológico es ciertamente el cambio de paradigma más perturbador de estos últimos años: con la cognición, es decir el estudio de los procesos mentales, el espíritu humano ha perdido sus últimos restos de sacralidad. Como la materia, como la vida, se manipula, se tritura, se convierte en pretexto para experimentaciones de todo tipo.
Este enfoque tecnológico sobre el cerebro puede declinarse al menos de tres maneras. La primera y más espectacular, la “high-tech”: el cerebro, cada vez más, se convierte en objeto de tecnología. Dicho de otra manera, se multiplican las interfases, los productos químicos destinados a modificar su funcionamiento. Se le aumenta, se le mejora, se le hace siempre más perfectible. Es el sueño del cyborg, que se hace kitch a fuerza a ser futurista.
La segunda manera de abordar el tema es más sutil, más filosófico: subraya que el espíritu nunca está ausente de la tecnología. Es decir, que comprender el funcionamiento de nuestro cerebro puede ayudarnos a encontrar tecnologías que permitirán superar límites. Comprender la naturaleza de la información, el funcionamiento del espíritu, es por lo tanto necesario para dominar la nueva revolución tecnológica. Es un poco lo que afirma William Wallace en el famoso informe NBCI de la Fundación Nacional Científica de Estados Unidos: “Lo que los cognitivos pueden pensar la gente de la nano pueden construirlo los de la bio pueden desarrollarlo y los de las tecnologías de la información pueden dominarlo”.
Dicho de otra manera, lo que puede ser pensado puede ser realizado. ¿Pero qué pasa con lo que no puede ser pensado? Lo que aparece primero como un verismo (evidentemente si no podemos pensar en una cosa no podemos realizarla), puede fácilmente transformarse en un proyecto de “hombre aumentado”. ¿Cómo pensar en lo que jamás ha sido pensado? Podemos quizás llegar a ello “estimulando” las capacidades del cerebro, pero también construyendo cerebros nuevos, liberados de los límites cognitivos de nuestro órgano biológico que, como veremos, son numerosos. Una actitud postulada por ciertos futuristas “singularistas”, que consideran la arquitectura de nuestro cerebro demasiado obsoleta para ser salvada.
Una tercera visión, quizás la más importante, se sitúa más bien a nivel de las mentalidades. El cerebro puede ser visto como un objeto tecnológico en sí mismo: una nuevo modelo de computador sobre el que cada poseedor debe, cada uno a su manera, adquirir la maestría. Es quizás el punto más importante de las tecnologías NBIC: si para muchos ellas representan nuevos y aterradores medios de control por los estados, las instituciones, las corporaciones, ellas poseen todas las promesas de convertirse, entre las manos del individuo lambda, en herramientas susceptibles de ayudarlo a tomar su destino entre sus manos.
La actitud del “truco y la audacia”
De golpe, entre el científico puro y el técnico profesional despunta ahora un tercer tipo de investigador: el hacker, aquel que busca comprender cómo funciona la máquina para utilizarla en su provecho. Hemos visto cómo esta actitud comenzó a penetrar en la biología, ya fuera bajo la forma del biohacking, de la experimentación de las técnicas de longevidad o de la genómica personal. ¿Existe un movimiento análogo en el dominio de la cognición? No oficialmente pero en realidad sí, y desde siempre: una simple taza de café nos convierte en hacker cerebral, un “cognhacker” (es decir un hacker cognitivo). En realidad, la tentativa de optimizar nuestra capacidad mental se remonta a la noche de los tiempos: drogas, ejercicios mentales de tipo yoga, psicoterapias de todo género, del psicoanálisis a la PNL (programación neurolingüística), el hackeo del cerebro no esperó a las NBIC para existir. Sin embargo, hoy se impone una diferencia. Los variados métodos utilizados en el pasado reposaban todos en una base ideológica, una creencia sobre la naturaleza del espíritu a la cual se plegaba el adepto: el yogi buscaba alcanzar la liberación del ciclo de los nacimientos, el usuario de drogas adoptaba un materialismo extremo (o, por el contrario, veneraba los espíritus de las plantas), los partidarios del psicoanálisis se desgarraban sobre la naturaleza del inconsciente entre freudianos, jungianos, adlerianos o lacanianos Lo que caracteriza al hacker mental de hoy es la ausencia de una visión integrada y única del espíritu. Lo que domina es la actitud del “truco y la astucia”: se toma lo que funciona, cualquiera sea el nivel de acción del método, químico, psicológico o incluso cultural; se toman las moléculas buenas, se hacen ejercicios, se practica la meditación no por convicción sino porque sus beneficios sobre las neuronas se confirman día tras día (al menos así parece )
Un experimento y un hermoso porvenir
Un artículo aparecido el año pasado en Wired es muy significativo respecto de esta actitud. Un periodista de la revista Joshua Green se dio cuatro semanas para mejorar el funcionamiento de su cerebro. Un mes antes había salido en la revista New Scientist un artículo sobre el mismo tema.
Para cumplir su objetivo (ese periodista) abordó entonces el problema bajos varios ángulos. Por de pronto, cambió su desayuno: según Barbara Stewart, de la universidad de Ulster, una mezcla de proteínas y de vitaminas es la mejor combinación para la mañana y recomienda tostadas y porotos. New Scientist sugiere recurrir a la muy inglesa Marmita, a base de levadura fermentada, experiencia que yo no aconsejaría a nadie. Nuestro experimentador se aseguró en seguida de dormir lo suficiente (8 horas mínimo), luego se aplicó a un uso productivo de la cafeína. No nos informa a qué recurrió para hacerlo, pero sepa usted que la mejor manera de consumir cafeína es tomarla en pequeñas dosis frecuentes, más que en una gran cantidad de una vez. Más vale varias tacitas de te verde tomadas con una hora de intervalo que un expresso doble tragado de un golpe. Puede combinarse eventualmente con jugo de pomelo o, simplemente, con azúcar, para optimizar los efectos. Nuestro cobayo se lanzó luego a actividades más extravagantes: comenzó a ducharse con los ojos cerrados (parece que eso aumenta las capacidades autoperceptivas) y a escuchar a Mozart, ya que los partidarios del “efecto Mozart” afirman en efecto que escuchar al músico austriaco contribuiría a mejorar nuestra cognición. Para verificar sus desempeños, el periodista recurrió al doctor Kawashima en Nintendo y a otros sitios web. Tampoco aquí existe modo alguno de medir el valor científico de los ejercicios propuestos por el célebre profesor japonés. Como resultado, Joshua Green nos informa de una sensación de bienestar. ¿Qué parte corresponde al efecto placebo y cuál al efecto real en esta sensación? No lo sabremos jamás, pero esta manera de experimentar con uno mismo tiene por cierto un hermoso porvenir.
En efecto, ese tipo de práctica tiende a propagarse, sobre todo en los medios cercanos a la alta tecnología y las ciencias: el 30 % de los científicos, según la revista Nature, reconocen utilizar el ritalín, el provigil o beta bloqueadores para facilitar su trabajo. Me ha sucedido personalmente cruzarme en Internet con no fumadores que usan los parches de nicotina para aprovechar los beneficios aportados a la concentración por esta molécula, sin por ello liquidar sus pulmones Pero este tipo de actitud choca con desafíos cada vez más difíciles. Como lo hemos visto con la bio, no es posible considerar al ADN como un simple programa informático: demasiado complicado, demasiado imprevisto. De igual modo, el cerebro no es un computador en el sentido tradicional del término, por mucho que hayamos creado los computadores con la esperanza de imitar a los cerebros. Es por lo tanto necesario para nuestro hipotético conghacker adquirir ciertos principios básicos que le servirán en su investigación y, sobre todo, saber dónde corre el riesgo de que los reflejos que ha adquirido en su práctica de la informática obstaculicen su comprensión. No le es necesario adquirir un conocimiento exhaustivo del tema, pero por lo menos aprehender ciertos conceptos fundamentales que exploraremos más adelante.
Fuente: La Nación.cl - 01.05.09